CREEMOS QUE 
DIOS 

A pesar de la distancia que exige el pecado, Dios se ha revelado de innumerables maneras. La Biblia es la historia de un esfuerzo de Dios para reconectarse con sus hijos, y es un método importante que Dios usa para alcanzarnos. Un mosaico de autores, estilos y perspectivas, la Biblia revela a un Dios que es siempre creativo, siempre paciente y siempre buscando restaurar nuestra relación con él. Aunque escrito por personas comunes, a través del Espíritu que atraviesa nuestros corazones, abre nuestros ojos y nos convence a vivir para él.

Dios el Padre se acercó a nosotros de manera más dramática a través de Su Hijo Jesús, quien eligió no solo visitarnos, sino convertirnos en uno de nosotros. Jesús, nacido humano para que podamos renacer en el Espíritu, nos mostró el amor y el carácter de Dios, y cuán lejos estaba dispuesto a ir Dios para salvarnos de la autodestrucción. Lo que no pudimos hacer por nosotros mismos, lo hizo por nosotros, pagando el precio por nuestros pecados, muriendo en nuestro lugar para que podamos vivir para siempre. Él conquistó la muerte por medio de la resurrección, y prometió regresar para llevarnos a casa.

Mientras tanto, Dios no nos ha dejado solos. El Espíritu Santo está aquí para consolarnos, guiarnos y transformarnos para vivir como testigos del amor de Dios. El mismo Espíritu que inspiró a los profetas y dio poder a Jesús, que formó las Escrituras y creó el mundo, nos capacita y nos otorga poder. El Espíritu activa el “cuerpo de Cristo”, la iglesia, a través de los dones espirituales y una actitud humilde de servicio y compasión.

  1. ¿Sabías que Dios nos habla a través de la Biblia?

Las Sagradas Escrituras, Antiguo y Nuevo Testamento, son la Palabra de Dios escrita, dada por inspiración divina a través de los santos hombres de Dios que hablaron y escribieron cuando fueron inspirados por el Espíritu Santo. En esta Palabra, Dios ha confiado al hombre el conocimiento necesario para la salvación. Las Sagradas Escrituras son la revelación infalible de su voluntad. Son el estándar de carácter, la prueba de experiencia, el autoritente revelador de doctrinas y el registro confiable de los actos de Dios en la historia.


sal 119: 105; Prov. 30: 5, 6; Isa 8:20; Juan 17:17; 1 Tes. 2:13; 2 Tim. 3:16, 17; Heb. 4:12; 2 Pedro 1:20, 21

fuistes creado extremadamente precioso

El hombre y la mujer fueron hechos a la imagen de Dios con individualidad, el poder y la libertad para pensar y hacer. Aunque creados seres libres, cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu, dependiente de Dios para la vida y la respiración y todo lo demás. Cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de Él y cayeron de su alto cargo bajo Dios. La imagen de Dios en ellos se dañó y quedaron sujetos a la muerte. Sus descendientes comparten esta naturaleza caída y sus consecuencias. Nacen con debilidades y tendencias al mal. Pero Dios en Cristo reconcilió el mundo consigo mismo y con su Espíritu restaura en los mortales penitentes la imagen de su Hacedor. Creados para la gloria de Dios, están llamados a amarlo a Él y a los demás, y a cuidar su entorno.

Gen. 1:26-28; 2:7, 15; 3; salmos. 8:4-8; 51:5, 10; 58:3; Jer. 17:9; hechos 17:24-28; Rom. 5:12-17; 2 Cor. 5:19,  20; Efe. 2:3; 1 Tes. 5:23; 1 Juan 3:4; 4:7, 8, 11, 2

Jesucristo murió, resucitó y vive para salvarte.

Dios, el Hijo eterno, se encarnó en Jesucristo. A través de Él todas las cosas fueron creadas, el carácter de Dios se revela, la salvación de la humanidad se lleva a cabo, y el mundo es juzgado. Para siempre verdaderamente Dios, se hizo también verdaderamente hombre, Jesús el Cristo. Fue concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María. Él vivió y experimentó la tentación como un ser humano, pero ejemplificó perfectamente la justicia y el amor de Dios. Por Sus milagros, Él manifestó el poder de Dios y fue atestiguado como el Mesías prometido de Dios. Él sufrió y murió voluntariamente en la cruz por nuestros pecados y en nuestro lugar, fue resucitado de entre los muertos y ascendió para ministrar en el santuario celestial en nuestro nombre. Él vendrá de nuevo en gloria I para la liberación final de su pueblo y la restauración de todas las cosas.

Isa. 53: 4-6; Dan 9: 25-27; Lucas 1:35; Juan 1: 1-3, 14; 5:22; 10:30; 14: 1-3, 9, 13; Rom 6:23; 1 Cor. 15: 3, 4; 2 Cor. 3:18; 5: 17-19; fili 2: 5-11; Col. 1: 15-19; Heb. 2: 9-18; 8: 1, 2.)

 

¿El Espíritu Santo restaura, consuela, guía, protege y sostiene a los hijos de Dios en el camino de la salvación?

Dios, el Espíritu eterno, estuvo activo con el Padre y el Hijo en la creación, la encarnación y la redención. Él inspiró a los escritores de las Escrituras. Él llenó la vida de Cristo con poder. Dibuja y condena a los seres humanos; y aquellos que responden, Él renueva y se transforma en la imagen de Dios. Enviado por el Padre y el Hijo para estar siempre con sushijos, Él extiende los dones espirituales a la iglesia, lo capacita para dar testimonio de Cristo y, en armonía con las Escrituras, lo lleva a toda verdad.

Gen. 1: 1, 2; 2 Sam. 23: 2; Sal. 51:11; Isa 61: 1; Lucas 1:35; 4:18; Juan 14: 16-18, 26; 15:26; 16: 7-13; Hechos 1: 8; 5: 3; 10:38; ROM. 5: 5; 1 Cor. 12: 7-11; 2 Cor. 3:18; 2 Pedro 1:21.)

¿Alguien ha pagado el precio supremo por tus pecados?

En la vida de Cristo de perfecta obediencia a la voluntad de Dios, su sufrimiento, muerte y resurrección, Dios proporcionó el único medio de expiación para el pecado humano, de modo que aquellos que por fe aceptan esta expiación puedan tener vida eterna y que toda la creación pueda comprender mejor. El amor infinito y santo del Creador. Esta expiación perfecta reivindica la justicia de la ley de Dios y la gracia de su carácter; porque condena nuestro pecado y provee nuestro perdón. La muerte de Cristo es sustitutiva y expiatoria, reconciliadora y transformadora. La resurrección de Cristo proclama el triunfo de Dios sobre las fuerzas del mal, y aquellos que aceptan la expiación aseguran su victoria final sobre el pecado y la muerte. Declara el señorío de Jesucristo, ante quien toda rodilla en el cielo y en la tierra se doblará.

  • Gen. 3:15; Juan 3:16; 14:30; Rom. 1: 4; 3:25; 4:25; 8: 3, 4; 1 Cor. 15: 3, 4, 20-22; 2 Cor. 5:14, 15, 19-21; Phil 2: 6-11; Col. 2:15; 1 Pedro 2:21, 22; 1 Juan 2: 2; 4:10

¿Puedes ser totalmente libre?

En el amor y la misericordia infinitos, Dios hizo que Cristo, quien no conoció pecado, fuera pecado por nosotros, para que en Él podamos ser hechos justicia de Dios. Guiados por el Espíritu Santo, sentimos nuestra necesidad, reconocemos nuestra pecaminosidad, nos arrepentimos de nuestras transgresiones y ejercemos la fe en Jesús como Señor y Cristo, como sustituto y ejemplo. Esta fe que recibe la salvación viene a través del poder divino de la Palabra y es el don de la gracia de Dios. Por medio de Cristo somos justificados, adoptados como hijos e hijas de Dios, y liberados del señorío del pecado. Por el Espíritu nacemos de nuevo y somos santificados; el Espíritu renueva nuestras mentes, escribe la ley de amor de Dios en nuestros corazones y se nos da el poder de vivir una vida santa. Permaneciendo en Él, nos convertimos en partícipes de la naturaleza divina y tenemos la seguridad de la salvación ahora y en el juicio.

  1. en.3:15; Isa. 45:22; 53; Jer. 31: 31-34; Eze. 33:11; 36: 25-27;  Marcos 9:23, 24; Juan 3: 3-8, 16; 16: 8; Rom. 3: 21-26; 8: 1-4, 14-17; 5: 6-10; 10:17; 12: 2; 2 Cor. 5: 17-21; Gal 1: 4; 3:13, 14, 26; 4: 4-7; Ef. 2: 4-10; Col. 1:13, 14; Tito 3: 3-7; He. 8: 7-12; 1 Pedro 1:23; 2:21, 22; 2 Pedro 1: 3, 4; Ap. 13: 8

Las Escrituras

Las Sagradas Escrituras, que abarcan el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, constituyen la Palabra de Dios escrita, transmitida por inspiración divina mediante santos hombres de Dios que hablaron y escribieron impulsados por el Espíritu Santo

2 Ped. 1:20, 21; 2 Tim. 3:16, 17; Sal. 119:105; Prov. 30:5, 6; Isa. 8:20; Juan 17:17; 1 Tes. 2:13; Heb. 4:12

La Trinidad
Hay un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, una unidad de tres personas coeternas. Dios es inmortal, todopoderoso, omnisapiente, superior a todos y omnipresente.
 Deut. 6:4; Mat. 28:19; 2 Cor. 13:14; Efes. 4:4-6; 1 Ped. 1:2; 1 Tim. 1:17; Apoc. 14:7
El Padre
Dios el Padre eterno es el Creador, Originador, Sustentador y Soberano de toda la creación. Es justo y santo, misericordioso y clemente, tardo en airarse, y abundante en amor y fidelidad.
 Gén. 1:1; Apoc. 4:11; 1 Cor. 15:28; Juan 3:16; 1 Juan 4:8; 1 Tim. 1:17: Éxo. 34:6, 7; Juan 14:9
 
El Hijo
Dios el Hijo eterno se encarnó en Jesucristo. Por medio de él se crearon todas las cosas, se reveló el carácter de Dios, se llevó a cabo la salvación de la humanidad y se juzga al mundo. Jesús sufrió y murió voluntariamente en la cruz por nuestros pecados y en nuestro lugar, resucitó de entre los muertos y ascendió para ministrar en el Santuario celestial en favor de nosotros. Volverá otra vez en gloria, para librar definitivamente a su pueblo y restaurar todas las cosas.
 Juan 1:1-3, 14; Col. 1:15-19; Juan 10:30; 14:9; Rom. 6:23; 2 Cor. 5:17-19; Juan 5:22; Luc. 1:35; Fil. 2:5-11; Heb. 2:9-18; 1 Cor. 15:3, 4; Heb. 8:1, 2; Juan 14:1-3
Dios Espíritu Santo
Dios el Espíritu eterno desempeñó una parte activa, con el Padre y el Hijo, en la creación, en la encarnación y en la redención. Inspiró a los autores de las Escrituras. Infundió poder a la vida de Cristo. Atrae y convence a los seres humanos, y renueva a los que responden y los transforma a la imagen de Dios. Concede dones espirituales a la iglesia.
 Gén. 1:1, 2; Luc. 1:35; 4:18; Hech. 10:38; 2 Ped. 1:21; 2 Cor. 3:18; Efe. 4:11, 12; Hech. 1:8; Juan 14:16-18, 26; 15:26, 27; 16:7-13
La Creación
Dios es el Creador de todas las cosas, y reveló en las Escrituras el relato auténtico de su actividad creadora. El Señor hizo en seis días “los cielos y la tierra”, y todo ser viviente que la habita, y reposó en el séptimo día de esa primera semana.
 Gén. 1; 2; Éxo. 20:8-11; Sal. 19:1-6; 33:6, 9; 104; Heb. 11:3
La Naturaleza Humana
Dios hizo al hombre y a la mujer a su imagen, con individualidad propia, y con la facultad y la libertad de pensar y obrar. Aunque los creó como seres libres, cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu, que depende de Dios para la vida, el aliento y todo lo demás. Cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de él y cayeron de la elevada posición que ocupaban bajo el gobierno de Dios. La imagen de Dios en ellos se desfiguró y quedaron sujetos a la muerte. Sus descendientes participan de esta naturaleza caída y de sus consecuencias.
 Gén. 1:26-28; 2:7; Sal. 8:4-8; Hech. 17:24-28; Gén. 3; Sal. 5:15; Rom. 5:12-17; 2 Cor. 5:19, 20; Sal. 51:10; 1 Juan 4:7, 8, 11, 20; Gén. 2:15
El Gran Conflicto
Toda la humanidad está ahora envuelta en un gran conflicto entre Cristo y Satanás en cuanto al carácter de Dios, su ley y su soberanía sobre el universo. Este conflicto se originó en el cielo cuando un ser creado, dotado de libre albedrío, se exaltó a sí mismo y se convirtió en Satanás, el adversario de Dios, y condujo a la rebelión a una parte de los ángeles. Satanás introdujo el espíritu de rebelión en este mundo. Observado por toda la creación, este mundo se convirtió en el campo de batalla del conflicto universal, a cuyo término el Dios de amor quedará finalmente vindicado.
 Apoc. 12:4-9; Isa. 14:12-14; Eze. 28:12-18; Gén. 3; Rom. 1:19-32; 5:12-21; 8:19-22; Gén. 6:8; 2 Ped. 3:6; 1 Cor. 4:9; Heb. 1:14
La Vida, Muerte y Resurrección de Cristo
Mediante la vida de Cristo, de perfecta obediencia a la voluntad de Dios, y por medio de sus sufrimientos, su muerte y su resurrección, Dios proveyó el único medio para expiar el pecado humano, de manera que los que por fe aceptan esta expiación puedan tener vida eterna, y toda la creación pueda comprender mejor el infinito y santo amor del Creador.
 Juan 3:16; Isa. 53; 1 Ped. 2:21, 22; 1 Cor. 15:3, 4, 20-22; 2 Cor. 5:14, 15, 19-21; Rom. 1:4; 3:25; 4:25; 8:3, 4; 1 Juan 2:2; 4:10; Col. 2:15; Fil. 2:6-11
La Experiencia de la Salvación
 Con amor y misericordia infinitos, Dios hizo que Cristo fuera hecho pecado por nosotros, para que pudiésemos ser hechos justicia de Dios en él. Guiados por el Espíritu Santo, reconocemos nuestra pecaminosidad, nos arrepentimos de nuestras transgresiones, y ejercemos fe en Jesús como Señor y Cristo, como Sustituto y Ejemplo. Esta fe que acepta la salvación nos llega por medio del poder divino de la Palabra y es un don de la gracia de Dios. Mediante Cristo, somos justificados y librados del dominio del pecado. Por medio del Espíritu, nacemos de nuevo y somos santificados. Al permanecer en él, somos participantes de la naturaleza divina, y tenemos la seguridad de la salvación ahora y en ocasión del Juicio.
2 Cor. 5:17-21; Juan 3:16; Gál. 1:4; 4:4-7; Tito 3:3-7; Juan 16:8; Gál. 3:13, 14; 1 Ped. 2:21, 22; Rom. 10:17; Luc. 17:5; Mar. 9:23, 24; Efe. 2:5-10; Rom. 3:21-26; Col. 1:13, 14; Rom. 8:14-17; Gál. 3:26; Juan 3:3-8; 1 Ped. 1:23; Rom. 12:2; Heb. 8:1-12; Eze. 36:25-27; 2 Ped. 1:3, 4; Rom. 8:1-4; 5:6-10
El Crecimiento en Cristo
 Por su muerte en la cruz, Jesús triunfó sobre las fuerzas del mal. Él, que durante su ministerio terrenal subyugó a los espíritus demoníacos, ha quebrantado su poder y asegurado su condenación final. La victoria de Jesús nos da la victoria sobre las fuerzas del mal que aún tratan de dominarnos, mientras caminamos con él en paz, gozo y en la seguridad de su amor. Ahora, el Espíritu Santo mora en nosotros y nos da poder. Entregados continuamente a Jesús como nuestro Salvador y Señor, somos libres de la carga de nuestras acciones pasadas. Ya no vivimos en las tinieblas, ni en el temor de los poderes malignos, la ignorancia y ni la falta de sentido de nuestro antigua manera de vivir. En esta nueva libertad en Jesús, somos llamados a crecer a la semejanza de su carácter, manteniendo diariamente comunión con él en oración, alimentándonos de su Palabra, meditando en ella y en su providencia, cantando sus alabanzas, reuniéndonos juntos para adorar y participando en la misión de la iglesia. Al darnos en amoroso servicio a aquellos que nos rodean y al dar testimonio de su salvación, Cristo, en virtud de su presencia constante con nosotros por medio del Espíritu, transforma cada uno de nuestros momentos y cada una de nuestras tareas en una experiencia espiritual.
Salm. 1:1,2; 23:4; 77:11,12; Col. 1:13, 14; 2:6, 14,15; Luc. 10:17-20; Efés. 5:19, 20; 6:12-18; I Tess. 5:23; II Pedro 2:9; 3:18; II Cor. 3:17,18; Filip. 3:7-14; I Tess. 5:16-18; Mat. 20:25-28; João 20:21; Gál. 5:22-25; Rom. 8:38,39; I João 4:4; Heb. 10:25
La Iglesia
La iglesia es la comunidad de creyentes que confiesan que Jesucristo es Señor y Salvador. Nos reunimos para adorar, para estar en comunión, para recibir instrucción en la Palabra, para la celebración de la Cena del Señor, para servir a toda la humanidad y para proclamar el evangelio en todo el mundo. La iglesia es la familia de Dios. La iglesia es el cuerpo de Cristo.
Gén. 12:3; Hech. 7:38; Efe. 4:11-15; 3:8-11; Mat. 28:19, 20; 16:13-20; 18:18; Efe. 2:19-22; 1:22, 23; 5:23-27; Col. 1:17, 18
El Remanente y su Misión
La iglesia universal está compuesta por todos los que creen verdaderamente en Cristo; pero, en los últimos días, se llamó a un remanente para que guarde los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Este remanente anuncia la llegada de la hora del Juicio, proclama la salvación por medio de Cristo y pregona la proximidad de su segunda venida.
Apoc. 12:17; 14:6-12; 18:1-4; 2 Cor. 5:10; Jud. 3, 14; 1 Ped. 1:16-19; 2 Ped. 3:10-14; Apoc. 21:1-14
La Unidad en el Cuerpo de Cristo
La iglesia es un cuerpo constituido por muchos miembros, llamados de entre todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. Todos somos iguales en Cristo. Por medio de la revelación de Jesucristo en las Escrituras, participamos de la misma fe y la misma esperanza, y damos a todos un mismo testimonio. Esta unidad tiene sus orígenes en la unicidad del Dios triuno, que nos adoptó como hijos suyos.
Rom. 12:4, 5; 1 Cor. 12:12-14; Mat. 28:19, 20; Sal. 133:1; 2 Cor. 5:16, 17; Hech. 17:26, 27; Gál. 3:27, 29; Col. 3:10-15; Efe. 4:14-16; 4:1-6; Juan 17:20-23
El Bautismo
Por medio del bautismo, confesamos nuestra fe en la muerte y la resurrección de Jesucristo, y damos testimonio de nuestra muerte al pecado y de nuestro propósito de andar en novedad de vida, siendo recibidos como miembros de su iglesia. Se realiza por inmersión en agua, y sigue a la instrucción en las Sagradas Escrituras y a la aceptación de sus enseñanzas.
Rom. 6:1-6; Col. 2:12, 13; Hech. 16:30-33; 22:16; 2:38; Mat. 28:19, 20
La Cena del Señor
La Cena del Señor es una participación en los emblemas del cuerpo y la sangre de Jesús como expresión de fe en él, nuestro Señor y Salvador. La preparación para la Cena incluye un examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión. El Maestro ordenó el servicio del lavamiento de los pies para denotar una renovada purificación, para expresar la disposición a servirnos mutuamente en humildad cristiana y para unir nuestros corazones en amor.
1 Cor. 10:16, 17; 11:23-30; Mat. 26:17-30; Apoc. 3:20; Juan 6:48-63; 13:1-17
Los Dones y Ministerios Espirituales
Dios concede a todos los miembros de su iglesia, en todas las épocas, dones espirituales. Concedidos mediante la operación del Espíritu Santo, quien los distribuye entre cada miembro según su voluntad, los dones proveen todos los ministerios y las habilidades que la iglesia necesita para cumplir sus funciones divinamente ordenadas. Algunos miembros son llamados por Dios y dotados por el Espíritu para ejercer funciones reconocidas por la iglesia en los ministerios pastorales, de evangelización, apostólicos y de enseñanza.
Rom. 12:4-8; 1 Cor. 12:9-11, 27-28; Efe. 4:8, 11-16; Hech. 6:1-7; 1 Tim. 3:1-13; 1 Ped. 4:10, 11
El Don de Profecía
Uno de los dones del Espíritu Santo es el de profecía. Este don es una señal identificadora de la iglesia remanente y se manifestó en el ministerio de Elena de White. Como mensajera del Señor, sus escritos son una permanente y autorizada fuente de verdad que proporciona consuelo, dirección, instrucción y corrección a la iglesia.
Joel 2:28, 29; Hech. 2:14-21; Heb. 1:1-3; Apoc. 12:17; 19:10
La Ley de Dios
Los grandes principios de la Ley de Dios están incorporados en los Diez Mandamientos y ejemplificados en la vida de Cristo. Expresan el amor, la voluntad y el propósito de Dios con respecto a la conducta y a las relaciones humanas, y son obligatorios para todas las personas en todas las épocas. Estos preceptos constituyen la base del pacto de Dios con su pueblo y son la norma del Juicio divino.
Éxo. 20:1-17; Sal. 40:7-8; Mat. 22:36-40; Deut. 28:1-14; Mat. 5:17-20; Heb. 8:8-10; Juan 15:7-10; Efe. 2:8-10; 1 Juan 5:3; Rom. 8:3, 4; Sal. 19:7-14
El Sábado
El bondadoso Creador, después de los seis días de la creación, descansó el séptimo día, e instituyó el sábado para todos los hombres, como un monumento conmemorativo de la creación. El cuarto mandamiento de la inmutable Ley de Dios requiere la observancia del séptimo día, sábado, como día de reposo, adoración y ministerio, en armonía con las enseñanzas y la práctica de Jesús, el Señor del sábado.
Gén. 2:1-3; Éxo. 20:8-11; Luc. 4:16; Isa. 56:5, 6; 58:13, 14; Mat. 12:1-12; Éxo. 31:13-17; Eze. 20:12, 20; Deut. 5:12-15; Heb. 4:1-11; Lev. 23:32; Mar. 1:32
La Mayordomía
Somos mayordomos de Dios, a quienes se nos ha confiado tiempo y oportunidades, capacidades y posesiones, y las bendiciones de la Tierra y sus recursos. Reconocemos el derecho de propiedad por parte de Dios mediante nuestro servicio fiel a él y a nuestros semejantes, y mediante la devolución de los diezmos y las ofrendas que damos para la proclamación de su evangelio, y para el sostén y el desarrollo de su iglesia.
Gén. 1:26-28; 2:15; 1 Crón. 29:14; Hag. 1:3-11; Mal. 3:8-12; 1 Cor. 9:9-14; Mat. 23:23; 2 Cor. 8:1-15; Rom. 15:26, 27
La conducta Cristiana
Somos llamados a ser un pueblo piadoso, que piense, sienta y actúe en armonía con los principios del Cielo. Para que el Espíritu recree en nosotros el carácter de nuestro Señor, nos involucramos solo en aquellas cosas que producirán en nuestra vida pureza, salud y gozo cristiano.
Rom. 12:1, 2; 1 Juan 2:6; Efe. 5:1-21; Fil. 4:8; 2 Cor. 10:5; 6:14 – 7:1; 1 Ped. 3:1-4; 1 Cor. 6:19-20; 10:31; Lev. 11:1-47; 3 Juan 2
El Matrimonio y la Familia
El matrimonio fue establecido por Dios en el Edén, y confirmado por Jesús con el fin de que fuera una unión para toda la vida entre un hombre y una mujer, en amante compañerismo. Para el cristiano, el matrimonio es un compromiso con Dios y con el cónyuge, y debería celebrarse solamente entre personas que participan de la misma fe. Con respecto al divorcio, Jesús enseñó que la persona que se divorcia, a menos que sea por causa de relaciones sexuales ilícitas, y se casa con otra persona, comete adulterio. Dios bendice a la familia y quiere que sus miembros se ayuden mutuamente hasta alcanzar la plena madurez. Los padres deben criar a sus hijos para que amen y obedezcan al Señor.
Gén. 2:18-25; Mat. 19:3-9; Juan 2:1-11; 2 Cor. 6:14; Efe. 5:21-33; Mat. 5:31, 32; Mar. 10:11, 12; Luc. 16:18; 1 Cor. 7:10, 11; Éxo. 20:12; Efe. 6:1-4; Deut. 6:5-9; Prov. 22:6; Mal. 4:5,6
El Ministerio de Cristo en el Santuario Celestial
Hay un Santuario en el cielo. En él ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. El Juicio Investigador revela, a las inteligencias celestiales, quiénes de entre los muertos serán dignos de participar en la primera resurrección. También pone de manifiesto quién, de entre los vivos, está preparado para ser trasladado a su Reino eterno. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida.
Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16, 17; Dan. 7:9-27; 8:13-14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12
La Segunda Venida de Cristo
La segunda venida de Cristo es la bienaventurada esperanza de la iglesia. La venida del Salvador será literal, personal, visible y de alcance mundial.
Tito 2:13; Heb. 9:28; Juan 14:1-3; Hech. 1:9-11; Mat. 24:14; Apoc. 1:7; Mat. 24:43, 44; 1 Tes. 4:13-18; 1 Cor. 15:51-54; 2 Tes. 1:7-10; 2:8; Apoc. 14:14-20; 19:11-21; Mat. 24; Mar. 13; Luc. 21; 2 Tim. 3:1-5; 1 Tes. 5:1-6
La Muerte y Resurección
La paga del pecado es la muerte. Pero Dios, el único que es inmortal, otorgará vida eterna a sus redimidos. Hasta ese día, la muerte constituye un estado de inconsciencia para todos los que han fallecido.
Rom. 6:23; 1 Tim. 6:15, 16; Ecl. 9:5, 6; Sal. 146:3, 4; Juan 11:11-14; Col. 3:4; 1 Cor. 15:51-54; 1 Tes. 4:13-17; Juan 5:28, 29; Apoc. 20:1-10
El Milenio y el Fin del Pecado
El milenio es el reino de mil años de Cristo con sus santos en el cielo, que se extiende entre la primera y la segunda resurrección. Durante ese tiempo, serán juzgados los impíos muertos. Al terminar ese período, Cristo y sus santos, y la Santa Ciudad, descenderán del cielo a la Tierra. Los impíos muertos resucitarán entonces y, junto con Satanás y sus ángeles, rodearán la ciudad; pero el fuego de Dios los consumirá y purificará la Tierra. De ese modo, el universo será librado del pecado y de los pecadores para siempre.
Apoc. 20; 1 Cor. 6:2-3; Jer. 4:23-26; Apoc. 21:1-5; Mal. 4:1; Eze. 28:18,19
La Tierra Nueva
En la Tierra Nueva, en donde habita la justicia, Dios proporcionará un hogar eterno para los redimidos, y un ambiente perfecto para la vida, el amor, el gozo y el aprendizaje eternos en su presencia.
2 Ped. 3:13; Isa. 35; 65:17-25; Mat. 5:5; Apoc. 21:1-7; 22:1-5; 11:15